Carnero de las Nieves de Kamchatka


Desde hacía muchos años quería hacer este viaje de caza y más aún cuando el año pasado cazando los tures en el Cáucaso, compartí campamento con Dieter que en el 2014 tuvo el acierto y privilegio de conseguir el récord del mundo de esta especie de carnero con el que ganó el codiciado Caldesi Award.

Reconozco que dos cosas me daban pereza, el largo vuelo entre Moscú y Petropavlov y el tener que soportar los miles de mosquitos que en esta época del año pululan la península de Kamchatka, pero las ganas de medirme a este emblemático animal vencieron y heme aquí cogiendo un vuelo de Aeroflot de Ginebra a Petropavlov vía Moscú en donde llegué el primero de agosto después de haber atravesado 10 husos horarios. Mi amigo de muchas cacerías, Pierre, compartía destino pero él iba a una zona más al oeste que no necesitaba helicóptero, yo en cambio lo tuve que tomar para llegar al campamento al este de Milkovo. Una vez más Artem Veselov de Profihunt organizaba la cacería y Alexandre “Sacha” Melnikov me hacía satisfactoriamente las veces de traductor y acompañante.

Si no lo han visto nunca, no se pueden imaginar lo que se puede llegar a meter en un helicóptero ruso! Durante el trayecto entre maletas, rifles, cajas de enseres, reservas de agua y miles de otros objetos, observaba el paisaje inmenso y virgen que desfilaba veloz antes mis ojos. Después de una escala técnica en el pequeño pueblo de Dalinovska para repostar gracias a un tanque de gasolina transportado por camión desde Petropavlov, llegamos finalmente a destino con el MI2, dos horas después de haber dejado el helipuerto cerca de Elizovo, algunos kilómetros al norte de Petropavlov.

Alzamos el campamento a unos 800 metros de altura al lado de un riachuelo en la linde del bosque a media ladera y de inmediato comprobé la veracidad de lo dicho acerca de los mosquitos kamchakos! Había cientos, que digo, miles que no paraban de rodearnos buscando la más mínima apertura entre la ropa para picarnos. Tengo que reconocer que me sentí un poco agobiado durante los dos primeros días, pero luego uno se acostumbra bastante bien a la presencia constante de mosquitos siempre y cuando se rocíe constantemente con spray repelente.

Al día siguiente salimos temprano y pude darme realmente cuenta de la inmensidad y belleza del territorio. Nos pasamos el día oteando las montañas pero sin ver ningún carnero. El tiempo era seco pero variable entre sol radiante y niebla espesa. Vimos un oso en la lejanía y descubrimos su guarida de vuelta al campamento dejándolo tranquilo pues su caza en estas lindes no se abre hasta el 20 de agosto. La cena de cangrejo real de Kamchatka y huevas de salmón supo a miel.

Al día siguiente subimos hasta lo más alto de la cima a unos 2’000 metros y desde allí observamos a nuestros pies un inmenso circo en donde dos grupos de hembras con algunos jóvenes carneros pastaban a unos 600 metros de distancia, pero no vimos ningún macho adulto. Al regresar hubo cónclave y los guías me informaron que íbamos a cambiar de campamento pues no había señal alguna de machos grandes.

Al tercer día no salimos de caza pues esperamos el helicóptero que al final no llegó. Así lo hizo al cuarto día. Esta vez se trataba de un enorme MI8 que en 20 minutos nos dejó en el segundo campamento a unos 1’400 metros de altura. El vuelo aunque corto fue épico pues íbamos demasiado cargados en proa al despegar y tuvimos que correr todos hacia atrás al grito de los pilotos para no caer en picado. Allí fue cuando pensé en cuál sabio había sido mi amigo Pierre en no querer ir en helicóptero a su campamento!

El segundo campamento estaba en un terreno mucho más alto y con montañas más suaves y propicias para el pasto de los carneros que el primero pero nos encontramos con un problema con el cual no habíamos contado; estaba plagado de osos: osos pequeños, osos medianos, osos grandes, osos grandísimos, osos solos, osos en grupo, osos machos, osas, osas con oseznos, osos durmiendo, osos corriendo, osos comiendo los restos de un joven carnero, osos por todos los lados pero ni señal de un muflón adulto. Difícil para un carnero convivir con tanto oso!

Así iban pasando los días; por la mañana temprano subiendo a las cimas desde donde oteábamos y andábamos hasta ya muy entrada la tarde para regresar al campamento al cabo de 12 a 14 horas y con muchos kilómetros en nuestras rodillas. Nuevo cónclave al octavo día y los guías deciden de cambiar por tercera vez de campamento y por supuesto con la ayuda del helicóptero. La tensión era palpable en todos nosotros y cada vez era más difícil motivarse para salir al monte y pegarse la paliza sin haber visto después ocho días ningún carnero adulto; menos mal que supe por el teléfono satélite que mi amigo Pierre había visto carneros todos los días habiendo conseguido un precioso ejemplar al cuarto día de caza.

Al noveno día temprano desmontamos de nuevo el campamento pero para aligerar la carga, esta vez no nos llevamos la taza del retrete ni el material para montar el “banya”, sauna rusa en donde uno se puede lavar y secar la ropa, ni leña para la hoguera. El problema del día fue la niebla pues tuvimos que esperar durante largas horas a que el cielo se abriera un momento para saltar raudos como comandos en la enorme panza del helicóptero, metiendo en él como pudimos todo el material y tras otro vuelo de unos 15 minutos, llegamos al tercer campamento.

El décimo día amanece lluvioso y con neblina pero a pesar de ello decidimos salir al monte. En la cima hacía mucho viento y la lluvia arreciaba dejando paso a una espesa niebla que nos deja sitiados durante varias horas a 2’000 metros de altura con una visibilidad de 10 metros y con frio en los huesos. Al clarear un poco, los guías se separan y Dimitri nos informa ya entrada la tarde, que ha visto un carnero solitario que le parece bueno pero que se encuentra lejos a unos 1’500 metros en la montaña de en frente. Pongo el catalejo y en efecto el macho parece bueno pero es demasiado tarde para intentar el rececho, dejándolo para mañana. Esta noche me dormí ilusionado puesto que por primera vez en la cacería teníamos algo tangible aunque incierto.

Onceavo y penúltimo de día de caza. Amanece soleado y después de un buen desayuno preparado con esmero por nuestra excelente cocinera Svetlana, dejamos el campamento sobre las 6:30 de la mañana. Son las 10:30 cuando llegamos a donde vimos ayer el carnero pero ya no está allí. Dimitri al cabo de un rato, encuentra su huella en la pedriza fina y la seguimos durante un buen rato pero luego se pierde en el musgo de la cima. Dimitri se nos adelanta e Igor su padre, se separa del grupo para coger altura, yo me quedo con el joven Stanislaw mirando con los prismáticos las cimas que tenemos en frente. Al cabo de un rato, vemos a Dimitri haciéndonos signos lo que nos hace comprender que ha localizado el carnero. A pesar de mis rodillas doloridas por los meniscos en compota corro hacia el lugar en donde se encuentra el guía. Al llegar, Dimitri me dice que el carnero es viejo y muy bueno de cuerna y que lo ha visto acostado a unos 450 metros y cree que allí se va a quedar para sestear; todo parece estar ahora en nuestro favor pero la diosa de la caza es a menudo caprichosa y al hacer la asomada vemos que el carnero se ha levantado y va trotando cima arriba dándonos los ijares a unos 500 metros a punto de traspasar. Calo el rifle e intento localizarlo en la mira lo que al fin consigo, pero no se para ofreciéndome solo como tiro posible el clásico “Texas heart shoot”. A través de los aumentos del visor, me quedo impresionado por el grosor de sus cuernos masivos, pero en un segundo desaparece sin que me atreva a disparar por juzgar el tiro demasiado aleatorio y pensando que era mejor dejarlo tranquilo esperando que al cabo de un tiempo se encame de nuevo. Vi en la cara de los guías un cierto descontento por no haber aprovechado esta pequeña oportunidad y eso me causó un poco de desazón esperando no haberme equivocado en la elección. Eran las 12:00 y teníamos que empezar de nuevo.

Dimitri siguió la pista del carnero, Igor retomó altura y Stanislaw y yo regresamos a nuestro punto de observación. Hacía calor y los ojos me escocían de forzar la vista en los prismáticos. De repente Stanislaw me dice la palabra mágica “bharan”, carnero! Dónde, dónde pregunto y me señala la montaña de en frente, a media ladera en una pedriza, lejos, muy lejos pero no cabía duda que se trataba de un carnero adulto. Hacemos seña a Igor que a su vez habla con Dimitri; éste al principio piensa que se trata de otro carnero más pequeño, “malinki” como dicen en estas tierras, pero al poder observarlo con detalle a través del catalejo, insisto en que me parece el mismo que vimos antes y que es “bolshoï” (grande) y “jarachó” (bueno) de verdad. Consigo convencer a los dos guías más veteranos y decidimos hacer la entrada, pero para ello hemos de perder altura para no ser vistos, atravesar tres valles, dos riachuelos, tres enormes neveros para luego volver a ganar altura y salir para hacer la asomada final, si posible no demasiado lejos del carnero que estaba echado sesteando.

Tengo que reconocer que Dimitri dirigió el rececho con gran maestría. Cuando estábamos casi en la asomada, vimos dos osos a unos 400 metros a nuestra derecha que al olernos se pusieron a correr y temimos que espantaran al carnero pero afortunadamente tomaron otra dirección. Con gran precaución decidimos que era el momento de asomarnos no sin antes santiguarnos, Dimitri a la ortodoxa y yo a la católica, pero los dos pedíamos lo mismo al Señor! El carnero se encontraba tumbado en una pedriza a 307 metros de distancia dándonos la espalda y con la cabeza un poco girada hacía la izquierda. Miré el reloj que marcaba las 13:40. Yo no tenía mucho blanco para una zona vital visto su posición, pero tenía un buen apoyo, no había prácticamente ángulo de inclinación y casi no soplaba viento por lo que me sentía seguro con mi Christensen 270 WSM y le dije a Dimitri que le iba a disparar sin esperar a que se levantase. Apunté cuidadosamente y apreté el gatillo. Al tiro sonó el “zump” característico cuando la bala ha tocado carne y supe por la reacción del carnero que estaba herido de muerte. Se incorporó, dio algunos pasos y se desplomó inerte ladera abajo. La alegría fue inmensa y nuestra perseverancia fue recompensada. Al llegar junto a él vimos que se trataba de un carnero de más de doce años de edad, largo y sobre todo muy grueso de cuerna, un excelente trofeo.

La vuelta al campamento, larga y difícil, me pareció mucho más fácil y corta que de costumbre aunque al llegar eran las 20:30 y el GPS marcaba que habíamos andado este día 21 km en montaña. Cacería auténtica en un paraje totalmente salvaje y en donde la fortaleza de la mente es tan importante o más que la de las piernas. Amantes de la caza en montaña, os la recomiendo!–Dr Miguel Estade, Director Internacional del SCI

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